El Cabo de Hornos, en el fin del mundo.






Otra vez nos despiertan por la mañana los altoparlantes del barco, pero ahora con una buena noticia: llegaremos al Cabo de Hornos a mediodía, varias horas antes de lo previsto. Durante el desayuno ya comenzamos a ver islas a la derecha del barco (estribor). El día está nublado pero el mar amaneció calmo y hasta ahora se mantiene así. Luego subimos hasta las cubiertas superiores para gozar del espectáculo de la naturaleza. Sopla mucho viento, hace frío y, por momentos, caen unas gotas de agua nieve, que mas tarde se convierten en leve llovizna que, a ratos para y vuelve a salir el sol. El mar sigue calmo pero el barco empieza a zarandearse por el choque de corrientes. En un determinado momento el barco cambia el rumbo y se mete entre varias islas, manteniendo siempre prudente distancia de la costa. Más allá se ve una línea formada por pequeñas olas. Son las que produce el encuentro entre el océano Atlántico y el Pacífico. Los colores son distintos y nunca se juntan sus aguas.




Ahora un locutor español, el experto náutico Julio Delgado, se presenta y nos empieza a hablar por altoparlante desde el puente de mando. Nos cuenta que, en rigor, los que se conoce como Cabo de Hornos es un conjunto de pequeñas islas donde finaliza el continente, y que estamos bordeando la más austral, que es la llamada Isla de Hornos.  Fue descubierto por navegantes holandeses que le pusieron de nombre “Hoorn”, por su pueblo natal, el que derivó en el nombre actual. Agrega el locutor que el Cabo de Hornos es el lugar de tránsito marino más peligroso del mundo donde se calcula que se han perdido más de 800 naves y unas 10.000 vidas humanas. Además de las rocas sumergidas y las fuertes y cambiantes corrientes se suman vientos que a veces llegan a los 150 kms. por hora, olas enormes, lluvia, granizo y nieve. Ahora hace una enumeración de las principales naves desaparecidas de Inglaterra, Holanda, España y Chile. Es impresionante. Dice que es tan riesgoso el paso y exige tanta pericia que se ha constituido una asociación internacional de marinos, los “Caphorniers”, que son los que han atravesado el Cabo de Hornos. Ellos exhiben con orgullo un arete de oro en una oreja. Y si también atravesaron el Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica, se ponen otro aro en la otra. El arete es un símbolo que distinción que genera respeto entre los navegantes. También les da derecho, según la tradición, a poner uno o dos pies sobre la mesa, según el caso.Mientras bordeamos la isla de Hornos, que es alargada y con pequeñas cimas, en un momento aparece una alta y filosa roca triangular junto a la costa. Se llama la “catedral” y da miedo.



Más adelante alcanzamos a distinguir un pequeño faro, la gran estatua de un petrel y una edificación baja. Me vuelvo a encontrar con el profesor Flores. Me da la impresión que está celoso de Delgado pero lo disimula. Está excitado por el lugar. Me cuenta que lo edificado es la casa donde vive el matrimonio chileno encargado del lugar, con un hijo de cuatro años. Nos abruma pensar en su soledad en medio de la nada. Es como una familia de robinsones en el siglo XXI. Agrega Flores que hasta esta zona llegaron las actividades de Luis Piedrabuena en defensa de los derechos patrios, y que en el año 1867 inscribió en un peñón de la Isla del Cabo una declaración afirmando la soberanía argentina e informando que en Puerto Cook (Isla de los Estados) se socorría a los náufragos en un refugio que él mismo había construido. La acción nos llena de orgullo.
Después de un rato, de filmar y sacarnos fotos, dejamos la cubierta muertos de frío pero con la gran emoción de haber estado en un lugar único en el mundo, la agradable sensación de haber protagonizado una hazaña, de haber sido parte de algo muy grande, de haber transitado una zona casi prohibida; el fin del mundo. Luego nos ponemos en resguardo y tomamos un cognac reparador antes de un almuerzo tardío, donde la sopa de gulasch será el plato más apropiado.
Después de una siesta salimos a cubierta. El barco enfiló hacia el norte buscando el Canal de Beagle. El paisaje es hermoso, con islas montañosas de ambos lados. Antes de llegar al Canal encontramos un antiguo barco encallado y semi hundido. En ese momento, pasan a toda velocidad tres delfines negros con aureolas blancas. La imagen nos conmueve. Seguimos navegando y el atardecer es encantador.



Más tarde el barco para cerca de una hora frente al Puerto Williams, en la isla Navarrino, coronada por una serie de filosos picos: los dientes de Navarrino. Es el lado sur del Canal de Beagle, jurisdicción de Chile, y los encargados formalizan los trámites migratorios para la continuación del crucero por esas aguas.




Seguimos viaje y después de cenar tenemos otra experiencia muy agradable; el barco llega a Ushuaia a las diez y media de la noche pero todavía hay luz, en ese mágico momento entre el día y la noche. Las luces de la ciudad con el fondo de montañas nevadas y la luna que se asoma entre las nubes son hermosas y conmovedoras. Es la ciudad argentina del fin de mundo. Recién podremos bajar mañana pero con esa linda imagen nos vamos a dormir.








6/9. P.D.: Podés encontrar los demás relatos del viaje (son 9 en total), como así otras crónicas y cuentos en este mismo blog

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