Puerto Montt y los volcanes.




En nuestra última parada del crucero llegamos a Puerto Montt, una ciudad en la zona de los lagos chilenos, muy cercana a la de los lagos del sur argentino, con mayor humedad y vegetación. Desde el barco la ciudad se ve ligeramente elevada sobre una pendiente que da al mar. No hay rada y bajamos en los botes de desembarco. El mar está planchado porque la ciudad está al final de un canal, con tierra por un lado y la isla de Chiloé por el otro, como si fuera el fondo de un fiordo.




Al desembarcar nuestro paquete de castañas de cajú no puede pasar por el control de alimentos, que es muy estricto. Subimos a un micro y empezamos la excursión con Alberto Roa, que será nuestro guía. Nos da la bienvenida y nos cuenta que este lugar era el límite sur de la tierra de los Mapuches al momento del tratado de paz con los blancos de 1881. Nos habla sobre el poema “La Araucana” del español Alonso de Ercilla, que cuenta del heroísmo y valores del pueblo Mapuche, cuyo nombre significa “gente de la tierra”, frente a la crueldad de los conquistadores. Nos recuerda que fueron los Mapuches los únicos que detuvieron el avance de los Incas y los que postergaron varios siglos la conquista europea de los territorios al sur del Río Bío-Bío. En cuanto tomamos la carretera, que es la autopista panamericana que recorre toda América bordeando al Pacífico y llega hasta Alaska, empezamos a divisar dos volcanes. Uno es el Osorno, de 2650 mts., que es un pico hermoso cubierto de nieve en su parte superior. El otro es el Calbuco, de 2050 mts., que fue el que tuvo la erupción en el año 2015 y cuyas cenizas causaron graves daños en la zona de Neuquén. 




Después de un rato llegamos a Puerto Varas, una linda y próspera ciudad frente al lago Llanquihue. El lago es muy grande y hoy está totalmente calmo y transparente. Ahora nos cuenta Alberto la epopeya de los 2000 colonos alemanes que embarcaron en pequeños veleros en Hamburgo y llegaron hace más de 150 años a poblar estos lugares, perseguidos por las guerras y con la promesa de ser dueños de la tierra. Lo fueron, venciendo enormes dificultades, y dieron a toda la zona un sello germánico.




Recorremos Puerto Varas, que es conocida como "la ciudad de las rosas" porque aparecen en todas sus calles. Ahora empezamos a transitar la hermosa costanera del lago. Nos cuenta Alberto que donde está el lago en tiempos prehistóricos había un glaciar. Modernamente la zona tuvo dos grandes "revoluciones". Una negativa, cuando en el año 1960 se registró un terremoto de 9.5 que destruyó casi todo lo construido. La otra positiva y fue la explotación del salmón rosado, que se empezó a hacer en forma intensiva, con técnica japonesa, a partir del año 1990. Nos cuenta que dicha actividad es el motor de la economía de toda la zona, la que todos los días recibe familias de la zona de Santiago que vienen a radicarse dando lugar a un boom poblacional. Paramos un rato para recorrer su pequeño puerto, hoy solo utilizado para la pesca deportiva. Es bonito con su playa de arenas negras a causa de los volcanes.



Otra vez en el bus vemos granjas con algunos animales y con las típicas casas alemanas de madera, marrones o negras, voluminosas, con lindas tejuelas en el techo a dos aguas.Después de un rato de bordear el lago, hacemos una parada en Ensenada, donde hay un mirador, un corral que exhibe llamas y hay que pagar 1 dólar para ir al baño. Mas tarde dejamos la carretera para enfilar a la derecha por un camino secundario. Estamos entrando al Parque Nacional Vicente Perez Rosales, vemos al bosque "Valdiviano" a los costados de la ruta, con sus hojas verdes y perennes, y bordeamos al río Petrohué. Bajamos, recorremos un sendero por el bosque y, de golpe, aparece una cascada donde la fuerza del agua es enorme y termina golpeando en unos cajones de piedra y levantando mucha espuma. 



La visión es hermosa porque en el fondo se ven los picos de los volcanes Osorno y Calbuco. Despues de un rato de contemplación volvemos a Puerto Varas, bordeando el mismo lago Llanquihue, para hacer nuestro almuerzo en un hotel. Como no puede ser de otra forma comemos un exquisito salmón rosado con vino chileno. De postre un “Cuchen”, típica torta alemana. Un momento de placer.
Después de almorzar tomamos camino hacia el otro lado del lago y llegamos al pueblo de Frutillar. Nos cuenta Alberto que no existe ninguna frutilla en el lugar y que el nombre deriva de una especie de frutillas silvestres que encontraron los alemanes al llegar. Hay una Frutillar alto, que es la zona comercial donde está la estación de tren, y un Frutillar bajo, donde está la parte histórica y turística. Es allí donde hay mayor belleza. Visitamos el muelle sobre el lago, con botes de paseo que pasan por debajo. 




Mirando el horizonte, desde el muelle, además de los volcanes Osorno y Calbuco, se ve en el fondo y en la frontera al cerro Tronador, que compartimos ambos países. Hay bañistas porque aquí las aguas son cálidas en las tardes de sol. Hay un hermoso teatro clásico donde se desarrolla todos los años un festival de música. Las casas tienen techos de aguja, que responden al estilo alemán a pesar de que aquí no nieva por la baja altitud. Los altillos se usan como habitaciones y tienen floridos balcones. Los jardines son muy cuidados y, según Alberto, su estado refleja cómo es el interior de la casa. Hay algunos negocios para turistas. Por fin llegamos al Museo Colonial Alemán, que está compuesto por varias edificaciones típicas, entre jardines en distintos niveles, donde se muestra la historia de la inmigración. Es un lugar de mucho color donde todo está en su lugar.








Impactados con tanta belleza, volvemos al puerto a tomar los botes para reembarcar. La tarde es hermosa. Mientras vamos en nuestro bote podemos ver en la costanera la estatua de una pareja. Nos cuenta un pasajero chileno que la escultura se llama “Sentados frente al mar” y fue hecha en homenaje a la canción de “Los Iracundos” que ganó el festival de Viña del Mar, e hizo famoso a Puerto Montt. Por supuesto que nos acordamos de ella y nos ponemos a tararearla contentos.






Despues de un día de navegación llegamos a nuestro destino final, el Puerto de San Antonio, cerca de Valparaíso, donde desembarcamos. Durante ese día nos preparamos para el final de fiesta. Para la vuelta a casa. Las nenas sienten la pérdida del grupo de adolescentes con el que compartieron el viaje. Por mi parte, pienso que es lindo irse, a vivir nuevas aventuras y experiencias. Pero también es lindo volver, para reencontrarnos con lo nuestro, con lo cotidiano, donde transcurre la mayor parte de nuestra vida.


Pienso ahora que, tanto la decepción de no haber podido llegar a Malvinas, como los temores y ansiedades de las dos noches en que el barco se movió demasiado, fueron compensados con la emoción de sentir tan cerca las fuerzas de la naturaleza y, sobretodo, con el gozo de contemplar tantas bellezas, historias y leyendas en el mar y en la tierra de una Patagonia inolvidable. Estoy muy agradecido.Cierro los ojos y sigo viendo la estela que nos dejó nuestro navegar. 






9/9. P.D.: Podés encontrar los demás relatos del viaje (son 9 en total), como así otras crónicas y cuentos en este mismo blog

Comentarios

  1. que lindo saber que tambien en este lugar encontramos granjas con muchos animales, de los cuales se pueden disfrutar; además de las celebraciones de este puerto las hacen con festivales muy llamativos, es por ello que se reúne mucha gente, lo leí en este articulo https://cabañasenhidalgo.com

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